Viernes 13 de diciembre de 2024.
Entrego un registro de mi lectura de este libro poderoso y bello, con mi agradecimiento y reconocimiento a la poeta.
El primer poema, “Ciertos días del 2004”, no es una remembranza o reflexión sobre una circunstancia lejana. Yo diría que es una voz que supo mantenerse viva y se presenta por su edad: “soy un poema en un libro, pero antes, ciertos días del 2004”.
Un poema necesario es convertir el espacio al que fuimos arrojadas, en un mundo propio. No es denunciar la falsa institución que divide lo cierto de lo falso, es mirar cómo lo uno se escapa entre los dedos de lo otro.
A pesar del tiempo y del destino y de la muerte, darse un espacio.
De pronto, recuerdo mi encuentro con la poesía. En el acto tan predispuesto de leer, las letras comenzaron a retar el orden del mundo, y en mi desconcierto solamente atinaba a revisar el libro, la autoría, el título otra vez… ¿cómo me metí en esto?, volvía a leer el verso, el poema. Varias veces. Hasta entender mi determinación de hacer mi propio cagadero.
Totalmente distinta, Dafne, en su tremenda elegancia, toma su arrebato y lo sienta, y lo hace aprender el idioma que a ella le inspira más placer en ese momento.
Personajes diseñados, representaciones de un mundo particular, son entendidos y amados por esta autora, como criaturas que son. Luego nos conduce a experimentar la existencia a través de estas criaturas y nos demuestra que la vida es un accidente del que nadie se va a hacer responsable, y por lo tanto, ‘ante la ley’, a nadie pertenece.
En el mundo de las personas que dedican su vida a pensar en el mundo y escribir al respecto para suscribirse en una tradición científica o filosófica: la materia del ser fantástico se hace pesada, lo suficientemente pesada para chocar. Aquí se conjura la muerte del Estado por el poder del orgasmo. Se elige la vida o como se quiera llamar a donde una fue arrojada. Y se le asume. ‘La voz’ se apodera de ‘la vida’… Mi vida, yo diría: la atadura entre mis ojos y mi espalda. Y un séptimo capítulo “De la naturaleza de mi poesía”, termina diciendo:
cuando comencé a escribir
ya estaba atada.
Donde la poeta decide que sus dogmas merecen compartir con ella la muerte y el placer.
Donde la poeta establece sus propios mandamientos de la ley de Dios y son redentores y son tres.
Tanto el silogismo como el diagnóstico, se deben al poema.
Convocar el tono con el que fueron creados los rezos que se nos hizo memorizar y repetir sólo para demostrar que se puede decir verdad con otras palabras y a pesar de aquellas.
En determinado momento del libro, unos cuatro capítulos envueltos en ello dentro de “De la naturaleza de mi poesía”, el formato libro da, el formato libro quita. Dafne no se somete al formato y diseña un acto performático del que somos partícipes con la mano, al darle vuelta a las páginas, para terminar con la sensación de haber ofrecido la mano y entregado la pata.
Esta poeta se roba la poesía, la somete y sin romperla nos la muestra de una forma para la que no fue creada, o eso creímos. Eso creí.
Nos da el infierno. Y la sorpresa del cielo. Y el cielo. ¿Quién pudiera tomar la sombra a tu lado, Dafne? Tomar la sombra de la naturaleza amorosa de tu poesía.
Este libro termina con un poema que en esta situación se siente un poema simplemente y que no es el primero ni el segundo que tiene una música genial, ni el primero ni segundo en que Dafne nos deja ver cómo suelta tradiciones (religiosas, filosóficas) para entregarse a la experiencia de ser humana.
Me siento muy afortunada por haber leído este libro y por haber vivido a través de su lectura, una vez más, mucho más. Y tal como la primera vez que te escuché hablar, Dafne, sigo pensando que todo lo que sale de tu boca son florecitas. Las flores del mal.
